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El discurso del odio

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La violencia contra los mexicanos en EU es provocada directamente desde la Casa Blanca

 

 

Donald Trump inició su tristemente exitosa primera campaña presidencial predicando un discurso xenófobo en contra de los inmigrantes, particularmente de los mexicanos. Ha hecho lo mismo en esta segunda campaña, estigmatizando a los migrantes criminales que le roban el sueño de la gran “América” a los “verdaderos” ciudadanos. En un mitin en Florida, preguntó qué había que hacer para detener la “invasión”. Alguien en la audiencia gritó: “Dispararles”.

 

El presidente río y la masa coreó la risa. Se ha normalizado de tal forma el discurso del odio que ya no sólo forma parte de las ofertas de campaña (“Construye ese Muro”), sino de la vida cotidiana en un país curiosamente multicultural y que se ha hecho desde su origen mediante el genocidio de los pueblos originarios y la migración masiva.

 

El fin de semana, en apenas 24 horas hubo dos tiroteos provocados por ese discurso y esa normalización. No podemos decir que el atacante de El Paso se haya inspirado directamente en Trump, pero colgó en la red un manifiesto diciendo que iba a parar la “invasión”. Manejó nueve horas para llegar a un mall repleto de mexicanos y se lanzó en una carnicería brutal. En su toma de posesión, el presidente dijo que su país era víctima de terribles carnicerías en las ciudades interiores (carnaje, dijo), y parecemos no darnos cuenta de que la violencia viene de la Casa Blanca.

 

México ha decidido hacer parte del trabajo sucio deteniendo migrantes centroamericanos. Aunque el canciller haya de inmediato condenado los ataques y comentado que el país analiza denunciar como terrorismo el ataque diseñado contra mexicanos, tal declaración no es suficiente. Debiéramos aprovechar este doloroso momento para pretender un acuerdo bilateral en tráfico y venta de armas. Son éstas las que van y vienen -mucho más que los humanos- en esa frontera porosa. No podemos ignorar el papel del propio presidente en el aumento de crímenes de odio. La estadística es brutal: allí donde en los últimos años ha habido un mitin de Trump, los crímenes de odio han aumentado 216%. La correlación nos deja fríos.

 

Hay además sitios en internet dedicados a viralizar el discurso del odio etiquetándolo como libertad de expresión. Debiéramos llamarlo por su nombre verdadero: libertad de odiar al otro. En estas plataformas se discuten, sin tapujos, las matanzas y los asesinatos masivos como formas de lucha contra la invasión del otro. Por eso Elizabeth Warren lo ha dicho en el último debate: el supremacismo blanco es una forma de terrorismo doméstico. Gab, Hatreon e incluso un sitio de citas para personas blancas que quieren preservar su pureza de “raza” han alcanzado una penosa prominencia que se ve incendiada en sitios como 4chan y 8chan (cerrada el lunes siguiente) y que junto con el uso de PewTube y otros medios “alternativos” buscan no sólo polarizar, sino llamar a la acción contra el otro al que temen. El mexicano es la corporización de todo eso.

 

En estas plataformas se ensalzó la matanza de El Paso y se hizo burla de las víctimas casi de inmediato. En 8chan el atacante publicó un manifiesto bajo el título de Hispanic Invasion of Texas (como si Tejas no hubiese sido parte de México).

 

Parte del discurso que permite esta locura nace de una de tantas teorías conspiracionales, esta vez bajo la idea de que se está realizando un “Gran reemplazo” en los países occidentales de población para hacer de los blancos una minoría. La respuesta es “acelerar” (impedir violentamente la “invasión”, un término que el presidente ha usado sin tapujo).

 

La violencia ha sido racionalizada, el odio naturalizado. Somos el vecino, no podemos cruzar los brazos. Al contrario. Los depredadores, como dijo Kamala Harris, se solazan en quienes piensan vulnerables, en quienes sienten débiles. Trump se ha salido con la suya provocando más odio contra los mexicanos. Es tiempo de ser fuertes. Ya una vez el gobierno mexicano propició su elección al invitarlo como candidato a Los Pinos. Que nuestra diplomacia actual no sea el vehículo de su reelección.

 

POR PEDRO ÁNGEL PALOU

COLABORADOR

 

@PEDROPALOU

 

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