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Los miedos de Rosario

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Raymundo Riva Palacio/ Eje Central

1er. TIEMPO: El futuro es como el pasado. Hace casi dos décadas, Rosario Robles era presidenta del PRD y el candidato a la jefatura de gobierno de la Ciudad de México por ese partido era Andrés Manuel López Obrador. Las arcas perredistas ya no tenían dinero, y ella había encontrado quién financiara las actividades proselitistas del partido. “Ya sé quién nos puede ayudar con recursos”, le dijo Robles a López Obrador, quien fiel a su forma de ser, respondió: “No me digas, no me interesa, sólo resuélvelo”.

Eso hizo Robles. El empresario argentino naturalizado mexicano, Carlos Ahumada, se convirtió en el mecenas del PRD, salvador de Robles y su amante, a la que subía y bajaba de sus aviones y tenía excesos como, una vez cuando la estaba enamorando, la llevó en avión en Toluca y cuando bajó le tenía preparada una cena con una mesa iluminada con velas en medio de un jardín junto al mar en Punta Cana, en República Dominicana.

Bajo el abrigo de Ahumada se cambió de un departamento modesto a una enorme casa en San Ángel Inn que había sido propiedad de Diego Rivera, y comenzó a moverse en un BMW con chofer. El dinero le llovía del cielo y ella lo cambiaba por ropa y bolsas de marca. Robles cayó de la gracia de López Obrador y del PRD, al que llevó a una fuerte derrota en las elecciones intermedias de 2003, lo que aceleró el conflicto. Con más deudas, Ahumada la llevó con el enemigo histórico del entonces jefe de gobierno, el expresidente Carlos Salinas, a quien en Londres le pidió dinero para salir de las deudas del partido. Salinas le dio las llaves de la puerta de los gobernadores Arturo Montiel, del estado de México, y René Juárez, de Guerrero, para que le ayudaran en sus tribulaciones financieras. Se convirtieron a cambio, ella y su amante, en instrumentos del expresidente para descarrilar las aspiraciones presidenciales de López Obrador. No lo logró, pero arruinó la vida empresarial de Ahumada y provocó la expulsión de Robles del PRD, quien se fue a refugiar con otro amigo de Salinas, el entonces gobernador del estado de México, Enrique Peña Nieto.

 

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2O. TIEMPO: Aquellos días felices en Toluca. Cuando cayó de la cima de la izquierda, donde militó y fue una eficiente activista, Rosario Robles fue presentada con el gobernador mexiquense, Enrique Peña Nieto, por el expresidente Carlos Salinas. Robles comenzó a trabajar con él en programas sociales y fue construyendo una amistad bañada por el cariño. Trabajó en su campaña presidencial y cuando ganó la elección y fue a saludarlo, le dijo no saber cómo felicitarlo, si de tú o ya, como futuro mandatario, de usted.

Peña le dijo “háblame de tú”, le dio un abrazo y le plantó un beso en la mejilla. Rosario Robles formó parte de su gabinete como secretaria de Desarrollo Social y la cercanía con el presidente evitó que el entonces secretario de Hacienda, Luis Videgaray, convenciera a Peña Nieto del desastre en la dependencia a su cargo y la removiera.

Por razones que no tenían que ver con las quejas de Videgaray, Robles fue enviada a la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano, donde la polémica la siguió. Como pocos en el gabinete peñista, la prensa no ha dejado de señalar presuntos actos de corrupción por donde pasa, que ella ha toreado siempre. Sin embargo, la Rosario Robles que una vez en la casa de Salinas se puso sobre el pecho la banda presidencial del exmandatario para ver cómo se le veía, y la soberbia de la primera parte del sexenio, dejó de tener ese tipo de desplantes hace tiempo. Varios de sus compañeros en el gabinete han visto un proceso de aislamiento en eventos públicos, acentuado tras la salida de su principal apoyo, el exsecretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong.

Ese proceso ha ido acompañado, como lo han notado miembros del gabinete, por un creciente nerviosismo de la secretaria que no lo ha podido ocultar. Desde hace meses, en su equipo hay preocupación porque les finquen responsabilidades por corrupción, que llevaron a su hombre de todas las confianzas de los dineros, Emilio Zebadúa, hermano de quien fue el tesorero del PRD cuando se metió en problemas de recursos, a buscar abogados que lo defiendan para lo que piensa viene sobre ese grupo. 

 

3er. TIEMPO: El tiempo se agota. Las cosas parecen estar maduras para que comience el calvario político-judicial de Rosario Robles. Una revelación el martes en el periódico Reforma sobre el presunto desvío de más de 700 millones de pesos que iban dirigidos a más de 70 proyectos en la Sedesol y Sedatu que terminaron en la panza de cuentas de banco ubicadas en 10 domicilios, hizo estallar la bomba.

En el Senado y la Cámara de Diputados, los legisladores de oposición tomaron la tribuna y se acercaron a los micrófonos de los medios para pedir que se castigara su corrupción y le exigieron al presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, que no perdonara los abusos y que le aplicara la ley. Robles aprovechó una conferencia de prensa para decir una vez más que es inocente, que no hay investigaciones en su contra y que las auditorías que se publicaron, han sido superadas.

Robles dijo que las acusaciones en su contra se deben a que su nombre “vende”. Se le olvida a la secretaria que lleva dos décadas metida en oscuros episodios financieros, donde han sido más las presiones para que no se abra una investigación en su contra, que el deseo de transparentar sus gestiones.

Ella siempre se enoja cuando se insinúa que vive bajo sospecha y es agresiva con quienes dudan de ella. No se le han quitado esos arrebatos emocionales, aunque de acuerdo con sus compañeros de gabinete, la mujer que conocieron hace tiempo ya no existe. Las preocupaciones la han absorbido y busca siempre tener el más bajo perfil posible. Así navegará hasta el final del sexenio, porque en el próximo, se está comenzando a perfilar, será una de las que finalmente investiguen las autoridades federales por arriba y por abajo.

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