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Pedro Ángel Palou: Salir a votar sin miedo

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Las encuestas, unánimemente dan un puntero y casi unánimemente se ponen de acuerdo en que ese puntero lleva una delantera demasiado clara para parecer alcanzable

 

Escribe: Pedro ángel Palou 

 

En los últimos días una especie ha corrido por las redes sociales, la posibilidad de un fraude electoral el 1 de julio. Por un lado, el cuarto de guerra de Meade no solo anunciando que están en segundo lugar de las encuestas sino, ellos mismos, diciendo que las encuestas no van a ser reflejo del verdadero resultado. Por otro Yedikol amenazando con la sombra diabólica de una revuelta si existe ese fraude anunciado. Ni unos ni otros, por favor. Ni pensar en el retroceso democrático brutal cuando a los mexicanos nos ha costado tanto la democracia, ni tampoco jugar a meter miedo en los electores.

Las encuestas, unánimemente dan un puntero y casi unánimemente se ponen de acuerdo en que ese puntero lleva una delantera demasiado clara para parecer alcanzable. Las últimas parecen solo no ponerse de acuerdo en quién es el segundo lugar (ese por el que, sin otro argumento, Gabriel Zaid proponía como el candidato a votar). En 2000 con la ola de la simpatía del candidato Fox y varias gubernaturas recientes del PAN su candidato ganó con un 42.8 y en 1994 Zedillo con 48.2. Un 51 por ciento, si acaso ocurre -lo dudo a pesar de lo que digan las encuestas- arrastraría a Morena a ganar el Congreso y probablemente seis de nueve gubernaturas. Si eso ocurre estaríamos en un escenario inédito de la política mexicana desde la transición.

López Obrador, con un tesón que solo veo en el Lula que ganó en su tercera postulación, aparece como el líder social al que el hartazgo y la ira han hecho que se alineen las estrellas. Algunos piensan que en el camino se ha ido moderando, no lo veo así. Fue un jefe de gobierno de una cauta izquierda casi centro en la Ciudad de México que tuvo tintes incluso moderados en términos de matrimonio igualitario y aborto, por poner solo dos ejemplos. Trabajó de la mano de los empresarios, como parece que lo hará ahora con Romo, y creó una clientela política que ha capitalizado años después de haber recorrido el país una y otra vez. Hay algo de Tata Lázaro en los mítines masivos y en el AMLOVE con el que sus seguidores abarrotan las plazas públicas, hay una idea inédita desde entonces de una posible utopía, de un cambio verdadero.

 

Lo que sí ha pasado, en el camino, es que AMLO se ha vuelto pragmático, sus alianzas son un claro ejemplo de esto. Gobernará con un pacto social similar al de Lula que acaso le permita construir un tejido social ahora roto para realizar la que él llama la cuarta transformación de México. Su autoconfianza equivale a un milagro, pensar que él solo puede cambiarlo todo y, por ejemplo, acabar con la corrupción.

 

El domingo salgamos a votar sin miedo, la crónica de un fraude anunciado solo le conviene al abstencionismo. Es casi imposible que ocurra, porque las instituciones electorales se han fortalecido a lo largo de estos años, porque hay un escrutinio ciudadano e internacional brutal. El presidente del INE se ha comprometido a anunciar a las once de la noche el resultado de una especie de “encuesta de salida” hecha por la UNAM y el Politécnico. Luego vendrá el PREP alimentando hora tras hora durante toda la noche el resultado de cada casilla. Esta vez, a mi juicio, no ha funcionado -o acaso en contra- una campaña de miedo como la ocurrida en la elección de 2006. En esa ocasión López Obrador había salido avante de un injusto proceso de desafuero y había leído un discurso en la Cámara que, dicen los que saben, pergeñó Carlos Monsiváis y que terminaba diciendo: “Los quiero desaforadamente”. Todo parece indicar que a partir de diciembre tendrá el verdadero reto de su vida política: responder a la esperanza colectiva que él mismo ha alimentado por doce años. México es mayor de edad políticamente y no hay que amenazar, como decía Porfirio Díaz, con ningún tigre. Nos merecemos esa tranquilidad democrática, nos merecemos la alternancia. Nos merecemos soñar, como dice el nuevo filósofo mexicano, Javier Chicharito Hernández, imaginando cosas chingonas.

 

 

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