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Pedro Ángel Palou: En el día del padre, les dimos en la madre

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“México no se explica; en México se cree, con furia, con pasión, con desaliento” Carlos Fuentes

 

 

Nací en 1966. Argentina 1978 marcó el más grande dolor de mi infancia. Mi adolescencia estuvo marcada por otros descalabros, mundial tras mundial. Por no haber calificado en uno y por haber sido sacado de otro por el famoso incidente de los chachirules. Si repaso mi educación sentimental con el futbol nacional la derrota y la frustración son la constante.

Roca iba a llevarnos a ganar el mundial y aún me duelen como una humillación personal los seis goles de Alemania allí. No había álbum Panini pero en una cartulina con el dibujo de la cancha los niños de entonces pegábamos las corcholatas con las fotos de los jugadores, poniendo allí la alineación. Recolecté, junto con mis hermanos, esa selección refresquera con mística casi religiosa.

Argentina 78 es para mi generación nuestro Maracaná y solo puede compararse con la derrota en Los Ángeles del Ratón Macías en Box para la generación de mis padres.

Prestos a las analogías -a los mexicanos nos encantan-, pensamos en esa serie de derrotas como en una especie de sino nacional. “Se jugó como nunca y se perdió como siempre” es la frase que acompañaba el despectivo, ratoncitos verdes, con el que se veía a nuestra escuadra.

En México la épica de la derrota no es un oxímoron, está embebida en la historia patria: Cuauhtémoc con los pies quemados, Morelos apresado en una jaula, Zapata y Villa asesinados, los niños Héroes inmolándose para nada, el 5 de mayo donde nuestras armas se cubren de gloria para al final después de 72 días de sitio al año siguiente tener a Maximiliano como emperador.

El futbol como metáfora nacional, entonces, nos ha marcado. Es la gran pasión mexicana, pero también, hasta el domingo pasado, nuestra gran frustración. Estos seleccionados de Rusia 2018 no solo han ganado un juego, se han atrevido a rescribir la historia.

Qué alegría más grande nos han dado. Hemos llorado y gozado como nunca esos noventa minutos de ensueño. Un primer tiempo ejemplar, un segundo tiempo con un orden y aplomo en la defensa que no conocíamos.

Qué alegría por mis hijos que pueden decir que México es grande y que se pueden atrever a creer en sí mismos y a soñar con cosas importantes para el país. Por ejemplo, que es posible cambiar la narrativa derrotista que sumió a mi generación en la ignominia y en una sucesión de crisis económicas que dieron al traste con cualquier milagro mexicano, como el que la jauja petrolera nos prometía.

Mañana sábado la selección se enfrentará a Corea, seguramente para seguir el camino ascendente que se ha trazado. En este mundo de memes, donde la realidad se abstrae en imágenes pasamos del “No mames” de una chilanga de visita en Rusia, Karen Harfusch que ya se viralizó y fue incluso entrevistada por El País, a el chihuahueño con los dientes afilados destruyendo al tímido pastor alemán.

Esas formas de expresión instantánea no deben hacernos olvidar el tamaño de la hazaña. Y su significado para las generaciones de niños y niñas que vieron ese juego en donde nunca, ni por un minuto, tuvimos complejos de inferioridad. Donde, como dijo genialmente Lozano, no se trataba de perderle el respeto a Alemania -a pregunta expresa de un periodista obvio-, sino de competir de igual a igual. ¿Por qué no soñar? le decía el Chicharito a Faitelson en una entrevista antes del mundial. El comentarista, amargado, afirmaba, porque no tiene caso, vamos a perder contra Alemania. Osorio y los muchachos le callaron la boca a millones de incrédulos. Sellaron un pacto con la juventud mexicana que no tiene vuelta atrás y que refrendaremos en las calles cuando termine el mundial, pensando en un país mejor, más justo, sin inquinas y donde los consensos nos permitan seguir ganándole a la vida con marcadores incluso más abultados.

México necesita más que nunca esto que pasó el domingo pasado, confianza, aplomo, seguridad. Han sido tiempos extraños y fatales los que hemos vivido. Nos hemos fracturado y hemos dejado que la violencia se apodere de todos nuestros rincones.

Es tiempo de rescatar la patria, de hacerla de nuevo la casa de todos. La verde nos ha enseñado como, y lo ha hecho con humildad, con paciencia, estudiando al rival, practicando, no dejando nada al “ahí se va”. Lecciones indelebles para la nueva generación.

Era el día del padre, y no solo le ganamos a Alemania. Le ganamos a nuestro atávico pesimismo, nos atrevimos de una vez por todas, a cambiar la historia. Gracias selección por esa indeleble enseñanza.

Vía: El Heraldo de México

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