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#LosPuntossobrelasíes

 

El presidente nacional del PRI, a quienes todos le pronosticaban una completa debacle política que vendría aparejada con su renuncia, sonríe satisfecho


Si alguien debe estar satisfecho con los resultados electorales del 4 de junio ese debe ser Enrique Ochoa Reza.

El presidente nacional del PRI, a quienes todos le pronosticaban una completa debacle política que vendría aparejada con su renuncia, sonríe satisfecho.

Haiga sido como haiga sido (Calderón dixit) el PRI posee hoy las constancias de mayoría para sus gobernadores en el crucial Estado de México y Coahuila.

Nayarit se daba por descontada la derrota en medio del escándalo del fiscal Edgar Veytia, sus presuntos vínculos con el narcotráfico y sus implicaciones cómplices para el actual gobernador priista Roberto Sandoval.

Por supuesto que sobran quienes dirán que en ambos casos, Estado de México y Coahuila, los márgenes de la victoria fueron mínimos.

Que el PRI alcanzó con Del Mazo un millón de votos menos, comparado con la elección de Eruviel. Y que el gobernador Moreira recurrió a trucos y ases bajo la manga para sacar adelante a Riquelme.

Pero cuando hace apenas menos de un año Enrique Ochoa Reza dejaba la dirección de la CFE para ser el sorprendente relevo de Manlio Fabio Beltrones, los pronósticos anticipaban corto circuito.

Al egresado del ITAM con maestría en Ciencias Políticas en Columbia se le veía como un tecnócrata improvisado al que se le habilitaba para que pagara los inevitables platos rotos de lo que se presagiaba una épica derrota en el estado natal del presidente Peña Nieto.

Pero después de un arranque cauteloso, Ochoa fue adquiriendo confianza hasta que fue capaz de crear un estilo propio que, a pesar de ser controvertido por lo franco y frontal, acabó por pagarle dividendos. A él y a su partido.

Del protocolario estilo de los jerarcas priistas, incapaces de desafiar al rival en turno, el nuevo presidente del PRI entró en clinch lo mismo con Andrés Manuel López Obrador que con Ricardo Anaya.

Y sea como fuere, acabó por concretar las alianzas necesarias con el Partido Verde, el Panal y Encuentro Social, que al final del día acabaron por darle la victoria al PRI, al menos en el Estado de México.

Por eso luce injusto que los malqueriente de Ochoa promuevan su funeral, cuando el presidente nacional del tricolor está mas vivito y coleando que nunca.

Es cierto que hay que esperar el escrutinio definitivo en los tribunales para ambas entidades. Pero lo que se ve hasta ahora es que el PRI entrará a la recta final de la sucesión 2018 mucho menos golpeado de lo que se anticipaba.

Ahora la tarea de Ochoa Reza será concretar en los próximos dos meses una estrategia aceptable para la selección del candidato presidencial del PRI, a sabiendas de que gracias a que no se perdió el Edomex, el derecho de definir quien será el ungido se mantiene en Los Pinos.

Si alguien tiene que reconocerle al presidente nacional de PRI sus medallas en campaña ese debe ser el presidente Peña Nieto. Pagarle con un relevo anticipado –al menos no hasta que pase la asamblea nacional- sería un acto de profunda ingratitud.

Lo único que justificaría algo así, sería que se adelantarán los tiempos, se sacudiera al gabinete, se instalara al jerarca tricolor para la sucesión y a Ochoa Reza se le llame al gabinete.

Pero por ahora hay que reconocerle los méritos de campaña a quien hace menos de un año parecía haber sido llamado al patíbulo para terminar fusilando a sus detractores.