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Lo alarmante y cínico es que en México cualquiera puede salir al mercado a comprar los servicios de quienes interceptan llamadas, te dan las hojas de los chats del Whatsapp de cualquier teléfono, y no pasa nada

 REPORTE INDIGO
El presunto espionaje del gobierno mexicano en contra de periodistas, abogados de derechos humanos y activistas, denunciado en el New York Times, abrió una caja de Pandora.

Hay que reconocer que todo gobierno,  tiene entre sus obligaciones salvaguardar la integridad de sus ciudadanos. Y para ello debe detectar los peligros.

Uno de esos peligros son los grupos que fuera de la legalidad –guerrilleros o terroristas- pretenden socavar la integridad del Estado y retarlo hasta derrocarlo.

Para eso se crearon los servicios de inteligencia. Para que instancias como la CIA, el FBI, la KGB, el Mossad o el Cisen detecten esas amenazas. Hasta aquí la teoría.

Pero en la práctica suele suceder que los apetitos de poder acaban por convertir a esos cuerpos de inteligencia al servicio del Estado en juguetes personales de particulares intereses.

Está el escándalo en Estados Unidos con el FBI de Trump y los forcejeos con la KGB rusa por su presunta intromisión en las elecciones.

Y ese es precisamente el debate del espionaje al que se le acusa al gobierno mexicano. Nadie cuestiona que se adquieran equipos de inteligencia. Lo cuestionable es a quiénes escuchas, a quienes se les vulnera  su privacidad bajo el argumento de que espiarlos es “asunto de Estado”.

En lo personal no creo que ni Carmen Aristegui, Carlos Loret de Mola, Juan Pardinas o Salvador Camarena signifiquen una amenaza para el Estado mexicano.

Pero para la burocracia palaciega, sí son una amenaza para el presidente Enrique Peña Nieto. Pero eso es muy distinto.

Porque como periodistas independientes investigan asuntos de interés público que incomodan a los hombres que están en el poder. Y exhibieron  la Casa Blanca y Ayotzinapa.

Por eso el juego de culpabilidades sobre quien compró y quien desvió para asuntos civiles un equipo de inteligencia israelí adquirido para cuestiones de Estado.

Que si fue la secretaría de Gobernación de Miguel Angel Osorio Chong. Que nó, que fue la PGR en los días de Jesús Murillo Karam. Que el mas sofisticado equipo para ello lo tiene la secretaría de la Defensa o la de Marina.

¿Y qué decimos de los equipos de espionaje adquiridos por las grandes corporaciones privadas? ¿O nos vamos a hacer de la vista gorda para reconocer que existen empresas que espían con mas efectividad que el gobierno?

Volvemos a Carlos Slim, el magnate de las telecomunicaciones que vive con el alma en un hilo, porque algún día pierda la dominancia que le da las franquicias telefónicas y que lo convierten en uno de los mas ricos del mundo.

Y como Slim, media docena de corporaciones mexicanas tienen sus redes para espiar, desde sus empleados hasta la competencia.

Solo ubique a donde se fueron a trabajar en su momentos hombres del sistema de inteligencia oficial, como Wilfrido Robledo o Jorge Tello Peón. O para quien trabaja  Genaro García Luna.

Por eso decimos que no se desgasten buscando quienes fueron los que espiaron a periodistas y activistas denunciados por New York Times.

Lo alarmante y cínico es que en México cualquiera puede salir al mercado a comprar los servicios de quienes interceptan llamadas, te dan las hojas de los chats del Whatsapp de cualquier teléfono, y no pasa nada.

Vivimos en un país que subasta abiertamente la vida de los otros.

 
 
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Raymundo Riva Palacio

Andrés Manuel López Obrador pasó la factura al PRD porque su candidato a la gubernatura del estado de México, Juan Zepeda, no declinó a favor de Delfina Gómez, candidata de Morena. Zepeda y el PRD sí les hicieron daño. Los medios de comunicación le abrieron sus puertas y en un instante se convirtió en la sensación de la campaña electoral. Obtuvo un millón de votos, básicamente de Neza, el municipio donde fue alcalde, y contribuyó a quitarle electores a Morena en la zona metropolitana de la Ciudad de México y el sur del estado. No se lo perdonó López Obrador. De mercenario no bajó al partido que lo postuló dos veces a la Presidencia, y adelantó que no buscará una alianza con el PRD en la elección presidencial de 2018.

López Obrador perdonó al PT, que a cambio de que el presidente Enrique Peña Nieto ordenara a su partido que le apoyara con los votos suficientes en Aguascalientes para que no perdieran el registro y las prerrogativas, fue su aliado táctico en cuanta elección se presentó en el último año hasta que, una semanas antes de la elección del 4 de junio, su candidato a gobernador en el estado de México, Óscar Yáñez, un bon vivant oportunista de la política, la entregó sus pocos votos a Morena. La memoria de López Obrador no es longeva sino coyuntural. Sus decisiones aliancistas murieron y nacieron hace dos domingos, bajo un criterio purista, teológico como su discurso, de que con los impuros no emprendería la marcha hacia el 2018, mientras que los arrepentidos, como el PT, serían indultados.

Para la sucesión presidencial que ya comenzó, López Obrador reclutará perredistas y líderes sociales en todo el país, sin meterse al pantano donde chapalean sus dirigentes. Es una decisión principista, aunque maniquea, sobre cómo ve el panorama político y electoral, y cómo analizó los resultados de Morena el 4 de junio. Muy bien en el Estado de México, Coahuila y Nayarit, donde su candidato fue un factor de la aplastante derrota del PRI, y menos bien en Veracruz, donde el impulso de las elecciones del año pasado lo mantuvo como tercera fuerza, pero sin la energía de aquél entonces. Aún así, el gran malestar en el país, que se alineaba a favor de los candidatos de Morena, no le alcanzó para ganar posiciones de gobierno, salvo un puñado de alcaldías veracruzanas. La pregunta si con el andamiaje que está mostrando hoy en día López Obrador, le alcanzará para ganar la Presidencia, tiene una respuesta simple: no.

Con sus amarres actuales, López Obrador no tiene el combustible para ir a las elecciones presidenciales con claras posibilidades de ganar. Será una fuerza competitiva, pero no la locomotora que parece cree tener. Por ello debería ser más prudente y menos soberbio. El dinero y las irregularidades durante las campañas no fueron las únicas razones por las que no alcanzó la gubernatura mexiquense o mejores resultados en Veracruz. Tuvo errores en la organización, como la falta de representantes de casillas en el Estado de México, y no menos relevante, la campaña sucia que le endilgó el PRI fue kryptonita.

La revelación del llamado diezmo de Gómez cuando era alcaldesa en Texcoco, no le quitó puntos, de acuerdo con sus estrategas, pero frenó su avance ante el priista Alfredo del Mazo. La campaña con el instrumento útil de Eva Cadena, la candidata a una presidencia municipal en Veracruz, que apareció en un video recibiendo dinero que decían era para López Obrador, golpeó de manera importante la imagen de honestidad del jefe de Morena, de acuerdo con resultados preliminares sobre el impacto electoral de la campaña. Su fuerza quedó menguada y no fue suficiente para impulsar en el último tramo a su candidata mexiquense. Un estudio de la Central de Inteligencia Política que publica mensualmente El Financiero, que mide los impactos en los medios, encontró que la cobertura negativa sobre López Obrador en el mes previo a la elección, se incrementó en 360%.

López Obrador no parece estar analizando con frialdad la variedad de recursos que se utilizaron contra él y Morena en los procesos electorales pasados, aunque su comportamiento luce bipolar en ocasiones. No se sabe aún, por ejemplo, el tamaño del impacto negativo de su alteración durante la entrevista con Pepe Cárdenas en Radio Fórmula, con quien prácticamente se peleó al aire. Cárdenas, un profesional probado y reprimido en el pasado por la defensa a su libertad, quedó periodísticamente reivindicado mientras que su interlocutor exhibió su piel delgada y a veces intolerante. Más grave aún, en términos de comportamiento, fue la manera como criticó también a Carmen Aristegui, en otra entrevista por internet, por no hacer bien su trabajo. Aristegui es incondicional de López Obrador, por lo cual los expertos se preguntan: si a una leal maltrata, ¿qué será con quienes discrepan con él?

Ya se está viendo. Los excluye, los critica, los insulta. López Obrador comete un error que puede pagar el próximo año si no rectifica. No puede negarse a una alianza con quienes no piensan como él, por el hecho que no se subordinen a sus necesidades y deseos. La elección en el Estado de México lo mostró vulnerable y eliminó la inevitabilidad de que caminará hacia Los Pinos el próximo año. Debe entender que el ejército que ha juntado hasta ahora no le dará para ganar y que tiene que convencer a otros, en la sociedad política y en la civil, que es la mejor alternativa para el país, pero sin ese purismo con tufo totalitario que asomó en él durante las tres últimas semanas de efervescencia electoral.

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Curioso que en los dos temas de espionaje, el de 2009 y el de ahora, aparezcan nombres de dos personajes que en su momento cuestionaron los intereses dominantes de Carlos Slim

  #LosPuntossobrelasíes

Si alguien de verdad quiere llegar al fondo de las denuncias de espionaje del gobierno mexicano a periodistas y activistas, publicadas por el New York Times, que desempolve la historia y se asome a sus nombres.

Porque escuchar a otros suele ser una adicción de la casa, si recordamos los expedientes revelados en 2009 cuando se abrió el caso del centro de espionaje montado en el Estado de México.

En áquel entonces, el epicentro de ese espionaje era Manlio Fabio Beltrones, quien como priista le disputaba a Enrique Peña Nieto la candidatura presidencial.

Lo que se descubrió fue una compleja red de intervenciones telefónicas a políticos, dirigentes de partidos y periodistas, incluido el que esto escribe.

La denuncia se desplegó como tema de portada en la revista Proceso. Eran los años de la antesala para la sucesión presidencial del 2012.

Pero aquella investigación terminó en nada. Nadie sabe, nadie supo, quien ordenó y para qué se ordenó escuchar los celulares, incluso el de quien luego sería la primera dama Angélica Rivera, quien todavía no se casaba con quien sería el futuro presidente de México.

Por eso cuando hoy emergen en el reportaje del New York Times los nombres de Carmen Aristegui, Carlos Loret de Mola, Juan Pardinas y Salvador Camarena, entre otros, vuelven las mismas denuncias, con los mismos argumentos que inevitablemente acabarán en lo mismo: en nada.

Vale la pena recordar que el primero de estos sistemas israelíes de espionaje fue adquirido por el gobierno mexicano a Susumo Azano Matsura.

El empresario japonés fue el principal contratista de equipos de inteligencia a Gobernación y al Ejército Mexicano en los tristes días del gobierno de Felipe Calderón.

Fue el japonés corruptor, acusado hoy de 26 cargos en los Estados Unidos pero impoluto en México, quien de la mano de otro personaje insalvable, Genaro García Luna, hicieron de Gobernación, el CISEN y la Sedena una Gestapo azul.

A través de la secretaría de Seguridad Pública calderonista, y con la complicidad y el interés de empresas de telecomunicaciones como Telmex y Telcel, se dilapidaron cientos de millones de dólares en adquisición de software y hardware. ¿Qué pasó con la Plataforma México?

En esas operaciones comandadas por García Luna se vio involucrado Susumo Azano, pero también el de Samuel Weinberg y José Kuri Harfush.

Fueron ellos, como coyotes o como proveedores, los que armaron al gobierno con sofisticados y costosos sistemas de inteligencia, aprovechándose de los apetitos revanchistas de un presidente agrio y desconfiado como lo era Calderón.

A partir de ahí se teje toda una red de intereses que terminan heredados al gobierno del presidente Enrique Peña Nieto y que se fortalecen con nuevas adquisiciones en la secretaría de Gobernación cuando Miguel Angel Osorio Chong absorbió la secretaría de la Seguridad Pública.

Curioso que en los dos temas de espionaje, el de 2009 y el de ahora, aparezcan nombres de dos personajes que en su momento cuestionaron los intereses dominantes de Carlos Slim.

Uno, Luis Téllez, quien renunció a la secretaría de Comunicaciones en medio del escándalo de grabaciones comprometedoras que lesionaban los intereses de Slim.

Dos, Juan Pardinas, quien es nada mas y nada menos que director del IMCO (Instituto Mexicano de la Competitividad) y acusioso custionador de la dominancia de “El Ingeniero”.

Si el mismo Slim, bajo cuyas órdenes opera hoy,  como asesor a la sombra, Genaro García Luna.

El mismo “Ciertobulto”  que presume su real o ficticia influencia como accionista del New York Times.

 

 

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Un hombre gana una afortuna en la mesa de apuestas del casino ante el frenético entusiasmo del público agolpado a su alrededor. La bolsa obtenida le permitirá vivir como millonario el resto de sus días. Él saluda, agradece y, acto seguido hace algo inexplicable: empuja todo al centro y apuesta a todo o nada.

No se me ocurre otra forma de explicar lo que Andrés Manuel López Obrador, el líder de Morena, la organización de izquierda mexicana, acaba de hacer esta semana, aparentemente. Hace unos días la izquierda obtuvo casi 50% de los votos contra 34% de su acérrimo rival el PRI, en las elecciones del estado de México. Un resultado impactante si se considera que se trata del corazón profundo del PRI, el terruño del presidente y, en consecuencia, el lugar en el que el Gobierno federal comprometió todo tipo de recursos legales e ilegales para hacer crecer su voto.

El problema para la izquierda es que llegó dividida; el partido de Andrés Manuel obtuvo 33% (el PRI 30%, pero gracias a otros partidos satélite supera por una nariz a Morena y se queda con el triunfo); el PRD, la otra organización de la izquierda, que antes dirigía López Obrador, obtuvo 18%.

La conclusión que dejan estos comicios es contundente: la izquierda arrasaría en las elecciones presidenciales del próximo año si llega unida. Queda claro que el PRI tiene los bonos bajos tras su deslucido regreso al poder, y que el votante aún no olvida el pobre desempeño del conservador PAN durante los 12 años que ocupó el poder. Parecería existir el consenso de que toca ahora el turno a la izquierda porque los mexicanos ya han probado el resto de las opciones y el resultado ha sido deplorable. Y nadie duda de que el candidato de las alianzas de la izquierda sería López Obrador. Lo único que tiene que hacer es sumar a sus excompañeros del PRD, incorporar algunas de sus banderas en su propia agenda y ofrecer un par de carteras del Gabinete a sus aliados. Parecería poco a cambio de sentarse por fin en la silla presidencial que busca desde hace 12 años.

Pero López Obrador no es un político típico, y a veces me pregunto si es un político a secas. Tiene la presidencia a su alcance, pero como el apostador del casino prefiere un todo o nada absoluto. Una apuesta de altísimo riesgo que puede llevarle a salir, una vez más, con las manos vacías, solo por darse la satisfacción de no pactar con aquellos a los que ha acusado de ser traidores y paleros del PRI.

Podría entender esta lealtad, casi intransigencia, de un líder para con sus propias convicciones, si no hubiese visto la manera en que recibió con los brazos abiertos a Manuel Bartlett o a Porfirio Muñoz Ledo, conspicuos priistas (el primero de ellos, acusado de congelar el conteo de votos en las elecciones en las que Carlos Salinas venció a Cuauhtémoc Cárdenas). Ha habido candidatos de Morena palomeados por López Obrador verdaderamente impresentables.

Y no obstante, rechaza la posibilidad de concitar el apoyo de excompañeros de izquierda que podrían garantizarle la presidencia del país. La propia Alejandra Barrales, dirigente del PRD, extendió una mano al líder de Morena horas después de la elección del Edomex, ofreciendo una alianza para la campaña presidencial. López Obrador respondió tajante que él no se uniría con traidores ni miembros de la mafia en el poder.

¿Obstinación, soberbia, integridad? No sé; puedo no coincidir con su estrategia, pero no deja de inspirarme respeto un hombre que está dispuesto a perder todo con tal de llegar al poder sin deberle nada a nadie.

Andrés Manuel confía en su capacidad para conmover a los militantes del PRD y traerlos a su causa, sin pactar con los dirigentes de ese partido. Una estrategia que fracasó rotundamente en el Estado de México. Pero él se tiene la confianza para conseguirlo ahora.

López Obrador ha sido el fenómeno político más relevante de los últimos 15 años en México; y lo ha sido tanto por sus encumbramientos electrizantes como por sus derrotas épicas. Está decidido, como lo haría un héroe de la mitología, a que el 2018 le traiga la más dulce e incondicional de las victorias o la aniquilación absoluta de todos sus sueños. Con ninguna otra cosa se conforma.

@jorgezepedap

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Raymundo Riva Palacio

Un amplio reportaje en The New York Times este lunes da cuenta del espionaje político en México. “Los más prominentes abogados de derechos humanos, periodistas y activistas anti corrupción han sido objetivo de un spyware sofisticado que se vendió al gobierno de México con la condición de que sólo se utilizara para investigar criminales y terroristas”, comienza el texto. “Los objetivos incluyen abogados involucrados con la desaparición masiva de 43 estudiantes, un académico altamente respetado que ayudó a escribir la legislación anticorrupción, dos de los periodistas más influyentes de México y un estadounidense que representa víctimas de abuso sexual por parte de la policía”.

El Times llegó a esta historia del México contemporáneo muy tarde, pero al ser el diario de mayor influencia en el mundo y que suele asustar a los funcionarios mexicanos con bastante facilidad, su interés por el tema debe ser agradecido por la posibilidad de que finalmente provoque una reacción en el presidente Enrique Peña Nieto, que al soslayar lo que durante su gobierno se ha publicado sobre el espionaje político, no sólo avaló lo que sus servicios de inteligencia hacían, sino que, en la negligencia de obligarlos a que se mantuvieran dentro de los márgenes de la ley, llevará la penitencia de que ahora, la responsabilidad de las ilegalidades se le carguen a su gestión.

En octubre de 2015 se dio a conocer en este espacio la existencia del programa mediante el cual el CISEN –el reportaje del Times no identifica a las instituciones que utilizaron el spyware- realizaba espionaje político. En la segunda de tres entregas sobre “¿Para qué sirve el CISEN?”, se mencionó directamente dos listas de teléfonos que habían sido infectadas por el programa. “No se sabe cuántos teléfonos de actores políticos y sociales, de agentes económicos o periodistas, tiene interceptado el CISEN, pero la sábana con los números, que corresponde a un periodo específico este verano, muestra un enorme abanico de intervenciones”, se apuntó en ese entonces.

“De acuerdo con el documento, hubo 729 intervenciones telefónicas, aunque una decena de personas espiadas aparece con números adicionales. Hay una serie de nombres de personas que no son públicas o empresas de seguridad, comercializadoras, de asistencia pública e inclusive de una televisora. Pero también, sin saberse el nombre pero sí en dónde se contrató la línea, un teléfono registrado por el Consejo de la Judicatura Federal. En cuestión de nombres, hay varias líneas intervenidas que fueron contratadas por Alfonso Navarrete Prida, secretario del Trabajo, y los teléfonos celulares de la afamada conductora de radio Carmen Aristegui, y de quien esto escribe.

“La forma como buscaron entrar en esos teléfonos, de acuerdo con expertos consultados, es a través de un software malware, que es un código maligno que se infiltra en los dispositivos mediante el cual se pueden emitir mensajes de texto. Un modelo clásico de estos mensajes puede decir, con un lenguaje que parecería el de una persona con quien se tiene amistad, que “unas personas extrañas se presentaron en su casa”, por lo que le envían un enlace para ver la fotografía. Lo que permite ese enlace, que nunca abre, es que el virus se meta al teléfono y permita dos objetivos: la escucha y el análisis de la red de vínculos que se encuentra en el aparato, a fin de poder determinar su abanico de amigos y conocidos que permitan, construir sus relaciones”.

El Times reiteró que el programa se llama “Pegaso”, del Grupo NSO, un fabricante israelí de armas cibernéticas al cual, desde 2011, cuando menos tres dependencias federales mexicanas le han comprado software por 80 millones de dólares. La existencia de estos programas surgió en noviembre de 2011 durante una entrevista con David Vincenzetti, socio fundador de Hacking Team, una empresa italiana fundada en 2003, con el periódico inglés The Guardian, quien reveló que habían vendido sus dispositivos en 30 países en cinco continentes. Su principal producto era un programa llamado Da Vinci, dentro de su Sistema de Control Remoto, bautizado como Galileo.

En este espacio, bajo el título de “Espionaje a Mexicanos”, publicado a mediados de 2015, se señaló: “El Ejército, la Marina, la Policía Federal, el CISEN y 11 gobiernos estatales, han espiado masivamente a mexicanos, a través de un sistema que interviene a control remoto dispositivos móviles, copia mensajes de texto, conversaciones de Google, Yahoo, MSN y Skype, y extrae todos los datos y el historial de las computadoras, sus audios e imágenes de la webcam, que les permiten, además, grabarlos mientras trabajan. Esta es la más grande revelación que se haya dado de cómo en México los gobiernos espían a sus gobernados, y el mayor descubrimiento de cómo la vida privada en este país, es inexistente”. A la fecha, varios de esos contratos ya expiraron.

Cuando todo esto emergió a la opinión pública en 2015, nada pasó. Cuando se revelaron detalles del spyware contra personas que tenían discrepancias con las políticas del gobierno, tampoco. Desde hace 15 años, el espionaje político como herramienta de la política, es el mejor vehículo para alcanzar objetivos políticos. El reportaje del Times, aunque tardío, es vital por la colonización de ese periódico sobre la vida pública mexicana. Si ahora que ventila estas violaciones ayuda a que se pongan fin a las ilegalidades, habrá que celebrarlo. Lo más importante es llegar a un fin a estos abusos y que quienes los cometieron, paguen por sus delitos.

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Raymundo Riva Palacio

Sorprendentes, por decir lo menos, fueron las declaraciones que hizo el candidato ganador en las elecciones para gobernador en el Estado de México, Alfredo del Mazo, a El Universaleste lunes. Sus afirmaciones incluían juicios como “logramos recuperar el ánimo del partido”, “se comenzó a recuperar la confianza” y, lo más notorio, que el mensaje de las urnas el 4 de junio fue de “fortaleza” del PRI frente a las elecciones presidenciales de 2018. Del Mazo añadió que ganaron con una diferencia de más de 168 mil votos, que es casi 3% de la votación. Para el virtual gobernador electo, el PRI se vio sólido. Cómo llegó a esas conclusiones, no se sabe, y en la entrevista tampoco explica la contradicción entre sus dichos y los números absolutos de la elección.

El PRI tuvo alrededor de 56 mil votos menos que su adversaria Delfina Gómez, la candidata de Morena, y la victoria es atribuible a los partidos coaligados al PRI, el Verde, Nueva Alianza y Encuentro Social, que aportaron unos 125 mil votos que le dieron la ventaja por casi 3%. Sin alianza, Del Mazo habría perdido la elección. En términos de fuerza tricolor, tuvo un millón de votos menos que los obtenidos hace seis años por el gobernador Eruviel Ávila, y debido a que el PRD no fue en alianza con Morena, evitó una paliza de 2 a 1. Las cuentas no reflejan nada más que el diagnóstico triunfalista dentro de la cúpula de poder priista en cuanto a sus alcances y posibilidades para 2018.

El ánimo contagia al grupo en el poder. El domingo de la elección, el presidente Enrique Peña Nieto convocó a todo su gabinete y a los líderes parlamentarios para que lo acompañaran en el seguimiento de los resultados, que al comenzar la noche no pintaban bien y había malestar y algunos gritos, pero que se fue componiendo después de darse el conteo rápido, que cambió el humor. Peña Nieto, como se reportó en este espacio la semana pasada, pedía que la arrogancia no los afectara, sugiriendo que habría que estudiar con detalle lo que había pasado para ajustar lo necesario en la ruta de las elecciones presidenciales del año próximo. Las primeras señales, una semana después, no las dio Del Mazo, aunque él ha sido quien las ha socializado. La señal sobre cómo terminó el análisis de lo que sucedió el 4 de junio en Los Pinos es un cambio de dirección a lo que al mediodía del lunes 15 de mayo, sucedió en la casa presidencial.

Ese día el presidente Peña Nieto convocó a los líderes de las bancadas en el Congreso, César Camacho, y el Senado, Emilio Gamboa, para que discutieran con su equipo la posibilidad de una reforma que permitiera la segunda vuelta en la elección presidencial. No se podría hacer en un periodo extraordinario, particularmente en el Congreso, donde Camacho explicó las dificultades que habría para sacarlo adelante. Se propusieron dos rutas para alcanzar eso. Sembrar en la prensa un atajo legislativo para poder llevarlo a cabo dentro de los tiempos que marca la ley –toda reforma tendría que ser propuesta 90 días antes de que inicie oficialmente el periodo electoral-, y una negociación secreta con el PAN.

El presidente le pidió al secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, su mejor constructor de acuerdos, hablar con el líder nacional del PAN, Ricardo Anaya, y plantearle esa posibilidad. La apertura del presidente Peña Nieto era extraordinaria, pues de manera sistemática, desde que era gobernador del Estado de México, se había opuesto a discutir siquiera la segunda vuelta. La idea prevaleciente era que esa fórmula perjudicaría al PRI, aunque en realidad, todo indicaba lo contrario.

Una encuesta que realizó la empresa Buendía&Laredo luego de que el entonces presidente Felipe Calderón propusiera la segunda vuelta electoral, mostró que el partido al que más le beneficiaría la fórmula sería al PRI, que obtendría 5 puntos porcentuales de quienes apoyaron en una primera vuelta al PRD, al verde o al PT, contra sólo 2 que alcanzaría el PAN. El escenario planteado en el estudio demoscópico subrayaba una polarización entre el PAN y la coalición de izquierda de Andrés Manuel López Obrador, con beneficios directos para el PRI.

Aún con esos datos, Peña Nieto tenía una visión más conservadora, que fue cambiando este año y abriéndose a opciones para 2018, aparentemente ante la posibilidad de que al PRI no le fuera bien en el Estado de México y se tuviera que optar por una alianza con el PAN para 2018, para contener a López Obrador y Morena. Por ello surgió la convocatoria del 15 de mayo y el encuentro entre Videgaray y Anaya. Como consecuencia de esa conversación, el PAN pidió a finales de ese mes “sacar de la congeladora” la iniciativa ciudadana sobre la segunda vuelta electoral que se había presentado en 2014, para que pudiera aplicarse en las elecciones presidenciales de 2018.

No se avanzó más en esa iniciativa por las dificultades expresadas por los coordinadores parlamentarios del PRI para procesarla durante un periodo extraordinario. Con ello se perdió probablemente una oportunidad histórica. En Los Pinos se enfrió la idea y Peña Nieto volvió a sus posiciones ortodoxas. Las declaraciones de Del Mazo son una indicación de ello. El PRI no necesita cambios en la ley, es la racional, porque podrá con quien se le ponga enfrente el próximo año. Al menos, es lo que hoy están diciendo. Anaya, en cambio, sigue en lo acordado con Videgaray.

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Raymundo Riva Palacio.

1ER. TIEMPO.- Las traiciones en el tricolor. Desde que comenzó el proceso electoral en Coahuila se acordó que el responsable de sacar la elección sería el gobernador Rubén Moreira, un experto operador electoral, que trabajaría con su hermano Carlos, que controla al magisterio en el estado desde 2007. El gobernador impuso como candidato a su delfín, el exalcalde de Torreón, Miguel Riquelme, que competiría al frente de la coalición Por un Coahuila Seguro, que integraba al PRI, a los partidos Verde, Nueva Alianza, Social Demócrata Independiente, Campesino Popular, Joven y el de la Revolución Coahuilense. Originalmente Encuentro Social iba a sumarse a la coalición, pero ahí es donde comenzaron a darse cosas raras. El líder estatal del llamado PES, Eduardo Pacheco, recibió instrucciones en la Ciudad de México de jugar con el PRI, pero tan pronto llegó a Saltillo, con quien hizo alianza fue con el PAN, y respaldó a su candidato Guillermo Anaya. Los dirigentes de Encuentro Social tienen un chat en WhatsApp en donde comenzó a revelarse la traición. El primer mensaje que puso al descubierto lo que estaba haciendo Pacheco fue con una serie de metáforas bastante agresivas, donde mencionaban que “un cerdo” se había salido del corral en Coahuila, pero que lo iban a aplastar. Pero Pacheco no había actuado de manera independiente. El lenguaje cifrado en los mensajes fue rápidamente decodificado como el principio de ruptura entre el gobernador Moreira y el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, el jefe informal de Encuentro Social. El choque, a decir de quienes siguieron este pleito soterrado que no ha salido a la opinión pública, se originó en un conflicto que venían arrastrando los dos, en buena parte por los rangos de autonomía del gobernador que no gustaban al secretario. La convicción dentro del equipo del gobernador era que no sólo se enfrentarían al PAN, sino al gobierno federal, entendiendo que si el secretario de Gobernación actuaba de esa forma, no era sin la autorización de Los Pinos. Moreira decidió entonces romper con el gobierno en cuanto a los apoyos que iban a enviar para la campaña y no aceptó los programas sociales federales. Se encerró en Coahuila y luchó contra el PAN. En su imaginario quedó que el gobierno federal había hecho una negociación con el PAN: a cambio de la victoria del PRI en el Estado de México, le darían a la coalición panista en Coahuila y Nayarit la victoria. No contaban con el gobernador, que se les metió en medio.

2DO. TIEMPO: La segunda traición. Cuando el gobernador de Coahuila, Rubén Moreira, acordó con el presidente Enrique Peña Nieto que él manejaría el proceso electoral en el estado, hizo una petición expresa: que no apoyaran a su hermano Humberto, exgobernador y exlíder del PRI, que buscaba una diputación local. Para sorpresa del gobernador, su hermano Humberto fue postulado por un partido protopriista, el Partido Joven, y comenzó a hacer mucho ruido en el escenario electoral coahuilense. Rubén se enfureció. Humbertocomenzó a dejar claro que si se ganaba la gubernatura, no con el PRI, por supuesto, él podría ser capaz de controlar al Congreso local, incluidos los priistas electos, y de esa forma él, y sus padrinos en la Ciudad de México, controlar al gobierno estatal. La batalla de los hermanos fue rabiosa y el gobernador pudo evitar que su hermano ganara la diputación local y llegara al Congreso del estado. Humberto Moreira, quien trabajó con los gobernadores Peña NietoMiguel Ángel Osorio Chong para alterar las convocatorias para la candidatura presidencial del PRI en 2011, cuando él era dirigente nacional, no pudo alcanzar su objetivo pese al apoyo que había recibido de la Ciudad de México, cada vez más claro, en el pensamiento del gobernador, que venía directamente de la Secretaría de Gobernación. El candidato frustrado se fue a los medios para acusar a su hermano de ser un “tirano” y de haberse robado la elección. El pleito entre los hermanos es viejo, desde los primeros meses de gobierno de Rubén Moreira, salpicado por amenazas y asesinatos —el del hijo de Humberto—, y marcado por una ruptura en el seno de la familia. En medio de ellos quedó el candidato priista Miguel Riquelme, que cuando quedó claro el apoyo de la Secretaría de Gobernación al PAN, buscó a Osorio Chong para explicarle que su gobierno no sería como el de su promotor, y que tampoco sería una marioneta del gobernador saliente. Riquelme se curó en salud, y continuó haciéndolo el domingo pasado, cuando declaró que ni era Rubén Moreira, ni su gobierno se asemejaría a él. Demasiadas maromas para el gobernador electo que, en esta elección, fue un personaje secundario.

3ER. TIEMPO: La traición también fue de Anaya. Tan seguro estaba que iba a ganar la elección en Coahuila, que la derrota no la ha podido digerir. Estaba confiado en que sus negociaciones en la Ciudad de México le iban a dar el espacio que necesitaba para aprovechar la jornada electoral del 4 de junio como trampolín para consolidad su eventual candidatura presidencial. Pero el revés que tuvo Ricardo Anaya, presidente del PAN, fue tan inesperado y grande, que cometió errores importantes. El principal fue ordenar que todos sus representantes se levantaran de las mesas en donde se realizaba el cómputo oficial de las elecciones y que sabotearan el proceso de contabilizar los votos. Su lugarteniente, Damián Zepeda, explicó que era una protesta contra lo que llamaron el fraude electoral. El voto continuó contándose porque haber protestado de esa forma no impedía el proceso de contabilidad. Al día siguiente, consumadas las cosas, regresaron a las mesas en las secciones electorales, pero era demasiado tarde. El voto contabilizado daba la victoria al priista Miguel RiquelmeAnaya dijo que impugnarían las elecciones en Coahuila y que irían a tribunales. Lo que no ha dicho, ni dirá, es que es una bufonería, porque existe el precedente en el Tribunal Electoral que no se puede impugnar aquello que en su momento no fue motivo de una protesta. Es decir, si no impugnó el conteo del voto en las secciones electorales, no tendrá valor alguno que lo haga en el Tribunal Electoral porque él mismo, con su arrebato, se cerró la posibilidad de que se anularan las elecciones. Anayatendrá que responder por su equívoca decisión ante los propios panistas, que llegado el momento tendrán toda la autoridad para reclamarle por qué se levantó de las mesas de suma de votos con lo que canceló el sustento jurídico de una impugnación. ¿A quién buscó beneficiar? Si este fuera el caso, la respuesta sería sí. ¿Apoyó entonces al PRI? Por la forma como se conduce, parece un líder despechado y no un cómplice. Por tanto, una equivocación que le costará al PAN el gobierno de Coahuila, será por lo que tenga que rendir cuentas próximamente.

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#LosPuntossobrelasíes- POR RAMÓN ALBERTO GARZA

 

Manlio Fabio Beltrones es, junto con Emilio Gamboa Patrón, uno de los políticos de más experiencia, o de más colmillo dentro del sistema político mexicano.

Con la diferencia de que el sonorense Beltrones fue capaz de reinventarse en los últimos tres sexenios, para ser una voz que todas las fuerzas políticas buscan escuchar.

Mientras que el yucateco Gamboa continuó instalado en su torre de marfil, operando menos en lo abierto y más en lo oscurito, confiado en los privilegios de ser el compañero predilecto de golf del presidente Enrique Peña Nieto.

Y en esa reinvención de Beltrones, el expresidente nacional del PRI viene insistiendo que bajo las nuevas realidades nacionales y globales, el sistema político mexicano está obligado a reescribir sus reglas del juego.

Porque los días de aquel PRI monolítico colapsaron en el 2000 y la alternancia que emergió a partir del sexenio de Vicente Fox acabó por pulverizar las preferencias políticas de la nación.

Los alcaldes, gobernadores y hasta el presidente de la República gobiernan hoy desde la legalidad que les da la minoría que los eligió. Pero eso no da la legitimidad que exige un gobierno que busque cambios. Por eso el avance es lento o nulo.

En Inglaterra, España, Alemania, Italia o en otros países del mundo, la pulverización política los obliga a crear gobiernos de coalición que den la certeza de gobernabilidad.

Mantener en el poder a gobiernos que no tienen las posibilidades reales de concretar acciones es una historia que venimos repitiendo en México desde el sexenio de Ernesto Zedillo.

Con la diferencia de que hoy abundan las ofertas políticas, aparecieron los independientes, ya está en el horizonte político Morena y esa pulverización acaba por instalar en el poder a gobernantes del 15 por ciento.

Los más simplistas proponen que con la aprobación de una segunda vuelta que obligue a uno pactar con minorías para lograr el 50 más uno sería suficiente. Falso.

Eso solo propiciaría la venta al mejor postor de toda la chiquillería partidista, cuyos magros porcentajes de dos a cinco por ciento serían subastados para conquistar el poder.

La segunda vuelta sería un asunto de pesos y centavos. Quien da más, ese lo tiene. El Partido Verde, el Partido del Trabajo y el Panal entienden mucho de estos caros amores, que les dejan jugosas utilidades en privilegios, canonjías y protecciones.

La propuesta de Beltrones va mas allá del arrejunte convenenciero. Busca privilegiar el diálogo con proyectos de gobierno comunes que beneficien a las masas y otorgar el apoyo a la minoría más mayoritaria –valga el absurdo- para co-gobernar.

Su lema es el de Coalición o Colisión, porque esas son las alternativas que, de acuerdo a lo que vemos hoy, serán las que tendremos para el verano del 2018.

O el sistema se adecúa y permite que se sienten a la mesa distintas fuerzas en busca de un gobierno común que alcance una mayoría, o sobrevendrá la inevitable colisión, como ya lo vemos en el Estado de México y Coahuila.

La iniciativa de Beltrones obliga no a la compra de minorías sino a la suma de intereses de gobierno para sacar adelante un proyecto político.

Si no lo hacemos, las grandes decisiones nacionales continuarán pactándose entre el hoyo 8 y el 9 de cualquier campo de golf en donde jueguen el presidente y su jefe del Senado. Y eso, inevitablemente, desembocará en la colisión.

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#LosPuntossobrelasíes

 

El presidente nacional del PRI, a quienes todos le pronosticaban una completa debacle política que vendría aparejada con su renuncia, sonríe satisfecho


Si alguien debe estar satisfecho con los resultados electorales del 4 de junio ese debe ser Enrique Ochoa Reza.

El presidente nacional del PRI, a quienes todos le pronosticaban una completa debacle política que vendría aparejada con su renuncia, sonríe satisfecho.

Haiga sido como haiga sido (Calderón dixit) el PRI posee hoy las constancias de mayoría para sus gobernadores en el crucial Estado de México y Coahuila.

Nayarit se daba por descontada la derrota en medio del escándalo del fiscal Edgar Veytia, sus presuntos vínculos con el narcotráfico y sus implicaciones cómplices para el actual gobernador priista Roberto Sandoval.

Por supuesto que sobran quienes dirán que en ambos casos, Estado de México y Coahuila, los márgenes de la victoria fueron mínimos.

Que el PRI alcanzó con Del Mazo un millón de votos menos, comparado con la elección de Eruviel. Y que el gobernador Moreira recurrió a trucos y ases bajo la manga para sacar adelante a Riquelme.

Pero cuando hace apenas menos de un año Enrique Ochoa Reza dejaba la dirección de la CFE para ser el sorprendente relevo de Manlio Fabio Beltrones, los pronósticos anticipaban corto circuito.

Al egresado del ITAM con maestría en Ciencias Políticas en Columbia se le veía como un tecnócrata improvisado al que se le habilitaba para que pagara los inevitables platos rotos de lo que se presagiaba una épica derrota en el estado natal del presidente Peña Nieto.

Pero después de un arranque cauteloso, Ochoa fue adquiriendo confianza hasta que fue capaz de crear un estilo propio que, a pesar de ser controvertido por lo franco y frontal, acabó por pagarle dividendos. A él y a su partido.

Del protocolario estilo de los jerarcas priistas, incapaces de desafiar al rival en turno, el nuevo presidente del PRI entró en clinch lo mismo con Andrés Manuel López Obrador que con Ricardo Anaya.

Y sea como fuere, acabó por concretar las alianzas necesarias con el Partido Verde, el Panal y Encuentro Social, que al final del día acabaron por darle la victoria al PRI, al menos en el Estado de México.

Por eso luce injusto que los malqueriente de Ochoa promuevan su funeral, cuando el presidente nacional del tricolor está mas vivito y coleando que nunca.

Es cierto que hay que esperar el escrutinio definitivo en los tribunales para ambas entidades. Pero lo que se ve hasta ahora es que el PRI entrará a la recta final de la sucesión 2018 mucho menos golpeado de lo que se anticipaba.

Ahora la tarea de Ochoa Reza será concretar en los próximos dos meses una estrategia aceptable para la selección del candidato presidencial del PRI, a sabiendas de que gracias a que no se perdió el Edomex, el derecho de definir quien será el ungido se mantiene en Los Pinos.

Si alguien tiene que reconocerle al presidente nacional de PRI sus medallas en campaña ese debe ser el presidente Peña Nieto. Pagarle con un relevo anticipado –al menos no hasta que pase la asamblea nacional- sería un acto de profunda ingratitud.

Lo único que justificaría algo así, sería que se adelantarán los tiempos, se sacudiera al gabinete, se instalara al jerarca tricolor para la sucesión y a Ochoa Reza se le llame al gabinete.

Pero por ahora hay que reconocerle los méritos de campaña a quien hace menos de un año parecía haber sido llamado al patíbulo para terminar fusilando a sus detractores.

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#LosPuntossobrelasíes - POR RAMÓN ALBERTO GARZA

 

Las controvertidas elecciones del pasado 4 de junio nos dejaron al menos siete lecciones que vale la pena analizar.

I.- DEMOCRACIA IMPURA.- Estamos muy lejos de sepultar el tráfico de votos, la manipulación de cifras y el fraude electoral.

En el Estado de México está claro que fueron cinco municipios los que definieron la victoria de Alfredo del Mazo. Y ahí las cifras se dispararon en participación y en votos para el PRI. El dar a conocer un Conteo Rápido sin el 25 por ciento de las casillas, dejó mucho que pensar

En Coahuila es mas grave. No es casualidad que se haya cerrado un PREP con solo el 72 por ciento de las casillas contabilizadas y el otro 28 por ciento no pudieron sumarse porque sus actas venían escondidas. A eso se le llama fraude de procedimiento.

Extrañamos el IFE original, el de José Woldenberg, porque en este país ya se instituyó como moneda electoral el muy calderonista “Haiga sido, como haiga sido” del 2006.

II.- GOBIERNOS DE MINORIA.-  Aunque nos resistamos a aceptarlo, en México cada vez más se gobierna con la minoría de una minoría.

Del Mazo y Riquelme gobernarán con el 15 por ciento del respaldo, lo que es legal, pero no da legitimidad.

Es urgente definir la tesis Beltrones: Coaliciones o Colisiones, de lo contrario el 2018 también terminará en tribunales. O en anarquía.

III.- LAS ALIANZAS PAGAN.-  Quien sea que busque la presidencia del 2018, que esté seguro desde hoy que es inevitable el tener que aglutinar a distintas fuerzas políticas para llegar a Los Pinos.

Quienes mejor lo entienden son los de Morena, porque lo padecieron y pagaron consecuencias en el Estado de México.

Andrés Manuel López Obrador tendrá que asumir con mayor humildad la urgencia de sumar y no confiarse en que su honestidad valiente derrotará a La Mafia del Poder.

IV.- LAS FRACTURAS COBRAN.-  No hay duda de que el PAN pagó, y muy caro, sus serias fracturas internas con el cuarto lugar de Josefina Vázquez Mota en el Edomex.

Pero parece que no aprenden y en el postelectoral vemos las confrontaciones entre Anaya, Margarita y Moreno Valle. En los mítines y en las calles.

O el PAN se reagrupa y sale a hacer alianzas o volverá al tercero o cuarto lugar en 2018.

V.- LOS MUERTOS VIVEN.- El PRD no está muerto. Tampoco demasiado vivo, pero si se pone vivo tiene con que jugar la presidencial.

Y así como el PRI hizo lo necesario para retener el Estado de México, lo mismo sucederá con el PRD y la Ciudad de México.

Aquel partido –PRI, PAN o Morena- que le dé al Sol Azteca la seguridad de una alianza para retener la capital, será el que logre su alianza rumbo al 2018.

VI.- PRI EN RIESGO DE FRACTURA.- El tricolor camina sobre hielo fino. No son tontos y saben que la libraron –si es que ya la libraron- por nada. Y si no llegan a la Asamblea Nacional en agosto con una propuesta muy definida y consensada, vendrá la fractura. 1988, treinta años después.

VII.- HABRÁ CABALLOS NEGROS.-  El efecto Juan Zepeda demostró que en tiempos de nuevas reglas digitales, en muy poco tiempo se puede crecer y ser competitivo.

No descarten uno o dos caballos negros, de los que hoy nadie incluye o menciona, tanto para alguno de los grandes partidos como entre los independientes.

 
 
CEL