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El cerebro y el nido.

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Escribe: Adán Morales/@adangio

 

Estoy en la lista. Lo dijo en voz baja para que nadie lo oyera. Su voz llevaba el ambiente de un funeral, el frio de un invierno.

Los que lo escuchaban mostraban nerviosismo. A ciencia cierta no sabían de lo que hablaba, lo intuían.

Es la neta, brother, soy el que sigue. Las amenazas me han llegado, el siguiente soy yo.

¡Maldita la hora en qué acepte  trabajar con ellos! –REPETÍA-

Él era policía de investigación, de esos que vivieron en los nidos clandestinos que se formaron durante el sexenio pasado.

Sabía que muchas de las noticias policiacas eran falsas: Los muertos por infarto, los desaparecidos, los asesinados durante un asalto, los fallecidos en un ajuste de cuentas entre bandas o familias o los “mala suerte” que habían sido tocados por una bala perdida.

Y consciente que cualquier día él podía ocupar la nota roja.

“Muere aplastado por un elefante” así de insólito imaginaba los titulares

Un viejo ex compañero lo había invitado a trabajar para que se infiltrara en una organización, su labor era de tierra y su casa se había vuelto el nido ubicado en la calle de Acatlan, en un edificio propiedad del hermano de un congresista con aspiraciones a gobernador.

La casa llena de agentes tenía como finalidad nutrir “El cerebro”,  un dispositivo que se alimentaba diariamente con información clasificada y se le entregaba a “E”

Llamadas, fotografías, estados de cuenta, fobias, filias, amantes, peleas, adicciones, en fin, la vida completa de los enemigos y amigos  del sistema era guardada en “El cerebro”

Su nerviosismo aumentaba, la taza de café también temblaba, parecía que tenía miedo y por eso temblaba en sus manos.

No le voy a decir a la familia, no quiero que se preocupen. Trataré de hacer mi vida normal. Pero era imposible. Vivía alarmado, bastaba con que viera un vehículo extraño por su casa para inquietarse. Cualquier persona que medio lo mirara lo ponía en estado de alerta y hasta el aleteo de una mosca lo inquietaba.

Sus días en el calendario eran números rojos.

Las noticias fatales lo perseguían.

Un día leyó:

Asesinan a Meztli en el mercado hidalgo...

Al otro día ejecutaron a otro y a otro…

 

Prendió un cigarro y bebió de su atemorizada taza de café.

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